En Costa Rica hay personas que se vuelven personajes e iconos del aprecio popular, en deportes tenemos al Chunche Montero, en los micrófonos a don Rodrigo Sanchez QdDg, pero en la farándula, una persona que se puede decir es un ícono es el señor PITUSA.
Costa Rica, Domingo 20 de julio de 2008
La nación sección proa
SEMBLANZA
¡El famoso ‘Pitusa’!
Con casi 70 años, una de las figuras más populares de la televisión nacional de antaño sigue siendo el de entonces: un verdadero showman que está a punto de volver al escenario en funciones privadas. Padre, abuelo y hasta bisabuelo, sigue inmerso en la música.
YURI LORENA JIMÉNEZ | yjimenez@nacion.com
No es extraño que, a su paso por las calles de la capital, sobren los saludos, en su mayoría de extraños, quienes le cruzan un “¡Eso Pitusa !”, al topárselo en la acera o desde los carros que pasan cerca. Le hablan con la familiaridad de viejos conocidos y él contesta espontáneamente, con su abundante sonrisa de siempre.
Y es que Ronaldo Jaime de la Trinidad Gutiérrez Mayorga (sí, fue el primer Ronaldo ‘famoso’ aquí, solo que jamás usó su nombre de pila) fue una de las figuras más populares de la tevé de los años 70, cuando se dio a conocer como “el jodedor” que le hacía toda clase de trastadas al muy querido animador Carlos Alberto Patiño. Pitusa , como le apodaron desde que era un chiquillo, luce igualito que entonces, salvo unas cuantas canas y arrugas más. Amén, claro, de su carácter jovial y de su pasión innata: la música.
De hecho, desde hace cuatro años Pitusa se desempeña como asesor de ventas en la empresa Juan Banbasch, en la sucursal ubicada en las cercanías del Parque España.
Sentarse a desgranar recuerdos con este recordado personaje es sinónimo de una tertulia maratónica. No solo porque tiene a flor de memoria las anécdotas de sus años mozos junto a grandes maestros, como Paco Navarrete o Vernon Pibe Hine, sino porque las cuenta de una forma tan sabrosa que transporta a cualquiera a ese pasado cada vez más lejano.
Con casi siete décadas a cuestas y una salud envidiable (“¡aunque en cualquier momento jala uno, no hay que atenerse, bromea!”), ha enterrado a decenas de amigos del alma y compañeros de trabajo que, en su momento, fueron como su familia. Entre ellos los dos maestros citados anteriormente, así como a los famosos animadores Carlos Alberto Patiño, Luis Fernando Crespi y Rodrigo Sánchez. Sin embargo, a estas alturas Pitusa no vive, para nada, en el pasado. Narra las anécdotas compartidas con unos y otros entre risas, como quien asume que la muerte es parte de la vida.
La televisión lo dio a conocer en 1972, cuando fue contratado en el recordado Club Millonario Phillips para “hacerle la vida de cuadritos” a Carlos Alberto Patiño.
“¡Cómo gozábamos! Sin guion, sin mucha cosa. Patiño y yo teníamos una gran química, todo era espontáneo, yo sabía cómo fregarlo, él sabía hacerse el bravo y todo el mundo se moría de risa. Todavía me parece oírlo con aquel famoso grito, cada vez que yo lo interrumpía con una de mis salidas… ‘¡ Pituuuussssaaaaa !’”, cuenta con gran emoción, como si se trasladara en el tiempo a aquellos momentos.
Mientras degustaba su almuerzo en un tradicional restaurante chino de San José (pide porciones pequeñas y refresco liviano: se confiesa cuidadoso con las comidas), vienen a su memoria una y mil anécdotas de aquellas épocas.
De sus famosos “socios” del entretenimiento cuenta, por ejemplo, que Patiño era reconocido por su buen corazón, pero que había que verlo cuando se enojaba. “Tenía un carácter fuertísimo, igual que Rodrigo Sánchez”.
Un dato no conocido es que a Luis Fernando Crespi lo trató siendo ambos preadolescentes, pues se conocieron en la escuela Porfirio Brenes, cuando esta se ubicaba en San José. Pitusa recuerda que Crespi estaba enamorado de una chiquilla y le escribía poemas, pero como no tenía bonita letra, le dictaba las cartas de amor a él para que este se las escribiera.
¡A buen santo se atuvo! Más de una trastada le hizo el desde entonces inquieto chiquillo al aplomado Luis Fernando.
Una de sus últimas participaciones en la televisión fue junto a Leonardo Perucci, ya en tiempos más recientes, cuando este animaba el espacio dominical Fantástico . A Pitusa le correspondía una misión que le cayó como anillo al dedo: animar al público. “Me encantaba, de verdad fue una de las cosas que más disfruté en la televisión. Hice unos carteles a mano, con letras grandes, que decían: ‘Aplausos’ ‘Risas’, ‘Silencio’, ‘Buuuuuhhhhh’ y otras, para que la gente hiciera el sonido ambiente de acuerdo con el momento, y funcionó muy bien”, rememora.
A pesar de que su popularidad a nivel nacional se disparó hasta 1972, gracias a la magia de la entonces incipiente televisión nacional, Pitusa ya era un viejo conocido en la bohemia nacional de los años 60. Si se quiere, era todo un personaje en San José desde su adolescencia, cuando la capital aún conservaba los rasgos de ciudad pequeña y todo el mundo se conocía. Y es que desde su época de escuela y colegio, este hombre de baja estatura, quien nació prematuramente y a quien los médicos le auguraron solo “unos minutos de vida” al llegar al mundo, ya era todo un showman : el típico animador de las veladas escolares, el ‘cuentachistes’ de la clase, el muchachillo cerca del que todos querían estar para morirse de risa con sus ocurrencias.
Él hasta recuerda quién le puso el apodo que llevaría de por vida. Remarcando las palabras mientras gesticula ceremoniosamente, narra: “Así me puso el que después se convirtió en uno de los mejores dermatólogos de este país, el doctor Orlando Jaramillo. ¿Por qué? Porque de Pitusa dícese: es un niño chiquito y gracioso”.
Pero más allá de su histrionismo, y quizá antes que esa faceta tan marcada de su personalidad, estaban su veta y su vena musical. De colegial, fue director de la banda del Liceo de Costa Rica Nocturno y pronto se granjeó fama de baterista, cantante, bailarín y animador, todo en uno. Con tales atestados lo contrataron a los 20 años en el Maracas Night Club (operaba donde hoy está La Gallito, en Ave. Segunda). Ahí, además de todo, le correspondía presentar con gran pompa a las vedettes de moda: “¡Con ustedes!...¡Lilliam de Costa Rica! ¡Katty DiNova! ¡Salomé!” gritaba Pitusa a todo furor.
De ahí pasó a tocar con Paco Navarrete y otros músicos de la época, hasta que una gira de trabajo a Nueva Orléans, que se suponía de ida y vuelta, se convirtió en una vivencia de seis años.
“Fue en los 60. Fui showman en los mejores pubs de Nueva Orléans, y luego me contrató uno de los mejores tríos de jazz del mundo en aquella época, integrado por Red Norvo, Mounk Montgomery y Bert Alice. Con ellos trabajé un año y viajé por todo América y Europa”, narra Gutiérrez, quien, de regreso al país, se involucró en su primera aventura televisiva. Cuando esta terminó, Pitusa volvió a lo suyo: la música... hasta la fecha.
Y es que la historia de este experto en percusión (tumbas, timbales, bongoes) tiene un fuerte ligamen genético con la pasión de su vida: es hijo de Roberto Gutiérrez Vargas, compositor de La Guaria Morada , y sobrino de José Antonio Gutiérrez, el legendario folclorista conocido como Olegario Mena. Su primera esposa, Ana Cecilia Hine, es hermana del desaparecido maestro Pibe Hine y su segunda y actual esposa, Ana Isabel Rivera, es sobrina nada menos que de Juan Rivera, el gran guitarrista del trío Los Juanes, ya fallecido.
Pitusa ha hecho lo propio con su prole. Padre de seis hijos de su primer matrimonio y de dos en el segundo, heredó su talento a su hijo Carlos (a quien, por supuesto, también apodan Pitusa ). Hoy es el propietario y líder del popular grupo La Solución.
Pero el gen de los Gutiérrez en la música de este país está lejos de extinguirse: uno de sus nietos, hijo de Carlos (quien se llama Carlos, lo apodan Pitusilla y tiene 7 años) es la reencarnación viva de su abuelo en cuanto a su oído musical y, desde ya, es un percusionista extraordinario, según narra con gran orgullo el padrote de la familia.
En el cierre de la tertulia, se impone una duda: ¿cuál es su secreto para mantenerse tan activo y jovial?“Mi tranquilidad proviene de lo que hace muchos años, en algún momento, fue mi intranquilidad. Aprendí a no ser esclavo del dinero. En una época me ganaba lo que entonces era un platal, $560 por semana. Pude haber hecho fortuna, pero siempre he sido poco ahorrativo. Hoy lo veo así: ese dinero no lo capitalicé, pero sí lo apoveché, aunque hubo despilfarro. Aun así saqué adelante a mis hijos, tengo salud, tengo trabajo, vivo al día, vivo tranquilo y feliz. Quién sabe si sería lo mismo si tuviera un montón de dinero. No sé, será que aprendí hace muchos años que el verdadero disfrute de la vida va mucho más allá que la posesión de un montón de plata…”.
No es extraño que, a su paso por las calles de la capital, sobren los saludos, en su mayoría de extraños, quienes le cruzan un “¡Eso Pitusa !”, al topárselo en la acera o desde los carros que pasan cerca. Le hablan con la familiaridad de viejos conocidos y él contesta espontáneamente, con su abundante sonrisa de siempre.
Y es que Ronaldo Jaime de la Trinidad Gutiérrez Mayorga (sí, fue el primer Ronaldo ‘famoso’ aquí, solo que jamás usó su nombre de pila) fue una de las figuras más populares de la tevé de los años 70, cuando se dio a conocer como “el jodedor” que le hacía toda clase de trastadas al muy querido animador Carlos Alberto Patiño. Pitusa , como le apodaron desde que era un chiquillo, luce igualito que entonces, salvo unas cuantas canas y arrugas más. Amén, claro, de su carácter jovial y de su pasión innata: la música.
De hecho, desde hace cuatro años Pitusa se desempeña como asesor de ventas en la empresa Juan Banbasch, en la sucursal ubicada en las cercanías del Parque España.
Sentarse a desgranar recuerdos con este recordado personaje es sinónimo de una tertulia maratónica. No solo porque tiene a flor de memoria las anécdotas de sus años mozos junto a grandes maestros, como Paco Navarrete o Vernon Pibe Hine, sino porque las cuenta de una forma tan sabrosa que transporta a cualquiera a ese pasado cada vez más lejano.
Con casi siete décadas a cuestas y una salud envidiable (“¡aunque en cualquier momento jala uno, no hay que atenerse, bromea!”), ha enterrado a decenas de amigos del alma y compañeros de trabajo que, en su momento, fueron como su familia. Entre ellos los dos maestros citados anteriormente, así como a los famosos animadores Carlos Alberto Patiño, Luis Fernando Crespi y Rodrigo Sánchez. Sin embargo, a estas alturas Pitusa no vive, para nada, en el pasado. Narra las anécdotas compartidas con unos y otros entre risas, como quien asume que la muerte es parte de la vida.
La televisión lo dio a conocer en 1972, cuando fue contratado en el recordado Club Millonario Phillips para “hacerle la vida de cuadritos” a Carlos Alberto Patiño.
“¡Cómo gozábamos! Sin guion, sin mucha cosa. Patiño y yo teníamos una gran química, todo era espontáneo, yo sabía cómo fregarlo, él sabía hacerse el bravo y todo el mundo se moría de risa. Todavía me parece oírlo con aquel famoso grito, cada vez que yo lo interrumpía con una de mis salidas… ‘¡ Pituuuussssaaaaa !’”, cuenta con gran emoción, como si se trasladara en el tiempo a aquellos momentos.
Mientras degustaba su almuerzo en un tradicional restaurante chino de San José (pide porciones pequeñas y refresco liviano: se confiesa cuidadoso con las comidas), vienen a su memoria una y mil anécdotas de aquellas épocas.
De sus famosos “socios” del entretenimiento cuenta, por ejemplo, que Patiño era reconocido por su buen corazón, pero que había que verlo cuando se enojaba. “Tenía un carácter fuertísimo, igual que Rodrigo Sánchez”.
Un dato no conocido es que a Luis Fernando Crespi lo trató siendo ambos preadolescentes, pues se conocieron en la escuela Porfirio Brenes, cuando esta se ubicaba en San José. Pitusa recuerda que Crespi estaba enamorado de una chiquilla y le escribía poemas, pero como no tenía bonita letra, le dictaba las cartas de amor a él para que este se las escribiera.
¡A buen santo se atuvo! Más de una trastada le hizo el desde entonces inquieto chiquillo al aplomado Luis Fernando.
Una de sus últimas participaciones en la televisión fue junto a Leonardo Perucci, ya en tiempos más recientes, cuando este animaba el espacio dominical Fantástico . A Pitusa le correspondía una misión que le cayó como anillo al dedo: animar al público. “Me encantaba, de verdad fue una de las cosas que más disfruté en la televisión. Hice unos carteles a mano, con letras grandes, que decían: ‘Aplausos’ ‘Risas’, ‘Silencio’, ‘Buuuuuhhhhh’ y otras, para que la gente hiciera el sonido ambiente de acuerdo con el momento, y funcionó muy bien”, rememora.
A pesar de que su popularidad a nivel nacional se disparó hasta 1972, gracias a la magia de la entonces incipiente televisión nacional, Pitusa ya era un viejo conocido en la bohemia nacional de los años 60. Si se quiere, era todo un personaje en San José desde su adolescencia, cuando la capital aún conservaba los rasgos de ciudad pequeña y todo el mundo se conocía. Y es que desde su época de escuela y colegio, este hombre de baja estatura, quien nació prematuramente y a quien los médicos le auguraron solo “unos minutos de vida” al llegar al mundo, ya era todo un showman : el típico animador de las veladas escolares, el ‘cuentachistes’ de la clase, el muchachillo cerca del que todos querían estar para morirse de risa con sus ocurrencias.
Él hasta recuerda quién le puso el apodo que llevaría de por vida. Remarcando las palabras mientras gesticula ceremoniosamente, narra: “Así me puso el que después se convirtió en uno de los mejores dermatólogos de este país, el doctor Orlando Jaramillo. ¿Por qué? Porque de Pitusa dícese: es un niño chiquito y gracioso”.
Pero más allá de su histrionismo, y quizá antes que esa faceta tan marcada de su personalidad, estaban su veta y su vena musical. De colegial, fue director de la banda del Liceo de Costa Rica Nocturno y pronto se granjeó fama de baterista, cantante, bailarín y animador, todo en uno. Con tales atestados lo contrataron a los 20 años en el Maracas Night Club (operaba donde hoy está La Gallito, en Ave. Segunda). Ahí, además de todo, le correspondía presentar con gran pompa a las vedettes de moda: “¡Con ustedes!...¡Lilliam de Costa Rica! ¡Katty DiNova! ¡Salomé!” gritaba Pitusa a todo furor.
De ahí pasó a tocar con Paco Navarrete y otros músicos de la época, hasta que una gira de trabajo a Nueva Orléans, que se suponía de ida y vuelta, se convirtió en una vivencia de seis años.
“Fue en los 60. Fui showman en los mejores pubs de Nueva Orléans, y luego me contrató uno de los mejores tríos de jazz del mundo en aquella época, integrado por Red Norvo, Mounk Montgomery y Bert Alice. Con ellos trabajé un año y viajé por todo América y Europa”, narra Gutiérrez, quien, de regreso al país, se involucró en su primera aventura televisiva. Cuando esta terminó, Pitusa volvió a lo suyo: la música... hasta la fecha.
Y es que la historia de este experto en percusión (tumbas, timbales, bongoes) tiene un fuerte ligamen genético con la pasión de su vida: es hijo de Roberto Gutiérrez Vargas, compositor de La Guaria Morada , y sobrino de José Antonio Gutiérrez, el legendario folclorista conocido como Olegario Mena. Su primera esposa, Ana Cecilia Hine, es hermana del desaparecido maestro Pibe Hine y su segunda y actual esposa, Ana Isabel Rivera, es sobrina nada menos que de Juan Rivera, el gran guitarrista del trío Los Juanes, ya fallecido.
Pitusa ha hecho lo propio con su prole. Padre de seis hijos de su primer matrimonio y de dos en el segundo, heredó su talento a su hijo Carlos (a quien, por supuesto, también apodan Pitusa ). Hoy es el propietario y líder del popular grupo La Solución.
Pero el gen de los Gutiérrez en la música de este país está lejos de extinguirse: uno de sus nietos, hijo de Carlos (quien se llama Carlos, lo apodan Pitusilla y tiene 7 años) es la reencarnación viva de su abuelo en cuanto a su oído musical y, desde ya, es un percusionista extraordinario, según narra con gran orgullo el padrote de la familia.
En el cierre de la tertulia, se impone una duda: ¿cuál es su secreto para mantenerse tan activo y jovial?“Mi tranquilidad proviene de lo que hace muchos años, en algún momento, fue mi intranquilidad. Aprendí a no ser esclavo del dinero. En una época me ganaba lo que entonces era un platal, $560 por semana. Pude haber hecho fortuna, pero siempre he sido poco ahorrativo. Hoy lo veo así: ese dinero no lo capitalicé, pero sí lo apoveché, aunque hubo despilfarro. Aun así saqué adelante a mis hijos, tengo salud, tengo trabajo, vivo al día, vivo tranquilo y feliz. Quién sabe si sería lo mismo si tuviera un montón de dinero. No sé, será que aprendí hace muchos años que el verdadero disfrute de la vida va mucho más allá que la posesión de un montón de plata…”.





No hay comentarios:
Publicar un comentario